Capítulo 1

Las manecillas del envejecido reloj marcaban exactamente las 00:00 de la madrugada. A su lado estaba la única ventana del cuartucho, estrecha y descuidada, la pintura se caía a trozos como si estuviese mudando la piel; tras el cristal la oscuridad se mecía imponente sobre las aguas del inmenso océano.

Grigori estaba sentado sobre el camastro, meditabundo. Por su mente pasaban decenas de imágenes, pero siempre tenía una presente: a su mujer e hija, la única razón por la que aceptó el dichoso trabajo.
Llevaba varias semanas sin tener contacto alguno con ellas, ni con el mundo exterior. De un día para el otro las comunicaciones empezaron a fallar, la radio ya no captaba ninguna emisora. El mundo estaba en silencio, un silencio absoluto, sepulcral. La última noticia que tuvieron fue del piloto del helicóptero que debería haberlos venido a buscar hacía semanas. Les dijo que había algunos fallos con varios satélites por una tormenta solar pero que no se preocuparan, volvería a por ellos. Pero nadie llegaba, ni un barco, ni un mensaje por radio, nada. Las provisiones se empezaban a agotar y los aparatos electrónicos poco a poco iban fallando. En cuestión de poco tiempo todos morirían si nadie acudía en su ayuda.

Unos pequeños golpes en la puerta sacaron a Grigori de sus funestos pensamientos.

-¿Quién es?

-Soy yo, Daniel.

-Pasa. Aún sigo despierto. No puedo pegar ojo.

Daniel entró y cerró la puerta tras él.

-Grigori -dijo con solemnidad tras sentarse sobre una pequeña silla-, he encontrado una vieja radio que quizá podamos reparar.

-¿Y bien? -inquirió Grigori con impaciencia-. ¿A qué esperas?

-Hay un pequeño problema. Me faltan algunas piezas. He estado buscando por toda la plataforma petrolífera y no he encontrado nada útil -Daniel respiró profundamente y continuó-. Me temo que nos tocará bajar a las dependencias de los científicos para ver si hay algo allí abajo.

Ambos sabían que para bajar deberían hacerlo con cuerdas, colgándose por la plataforma, arriesgándose a caer y chocar contra la maraña de acero que había bajo sus pies. Lo primero que hicieron los científicos y sus ayudantes nada más marchar fue destrozar la escalera que llevaba hasta sus dependencias.

-Maldita sea -escupió Grigori-. Nos contrataron para mantener la energía de una maldita plataforma petrolífera que no sacaba petróleo hacía décadas, con la excusa de que estaban buscando algún resquicio... y lo único que estaban haciendo era engañarnos -Grigori se puso de pie y empezó a caminar por el cuartucho-. Desde el primer día que entré aquí sospeché que algo tramaban ahí abajo...

-Girgori, creo que no tenemos tiempo para lamentarnos. O hacemos algo o moriremos en esta maldita prisión.

- Tienes razón -dijo Grigori resignadamente-. Mañana por la mañana buscaremos el equipo y bajaremos a esa maldita zona.

Nada más despuntar el sol por el horizonte ya estaban preparados para descender. Grigori y Daniel bajarían, Raf los vigilaría desde arriba. Raf era un matemático excéntrico que nadie sabía para que lo habían contratado en la plataforma. Todos suponían que quizá estaba destinado a la sección de los científicos pero algo vieron en él que no les pareció bien y lo dejaron como otro trabajador cualquiera.

Ellos tres eran los únicos que quedaban ahí. El resto había marchado abandonándolos a su suerte en medio del océano.

-Estáis realmente locos -dijo Raf-. Estas cuerdas están podridas. Como se rompan os vais a matar -apuntó encogiéndose de hombros. Tenía el don de contar obviedades-. ¿Queréis que calcule las probabilidades que tenéis de sobrevivir?

-Mejor calcula las probabilidades que hay de que un día te peines por la mañana -dijo Grigori con sorna-, que llevas siempre el pelo como un capitán de barco un día de ventisca.

-30% de probabilidades.

-¿De qué te peines? -preguntó Daniel.

-No. De que os matéis -sentenció Raf-. En cuanto a lo otro: 0% de probabilidades.

Los tres se echaron a reír para aliviar la tensión a la que habían estado sometidos las últimas semanas.

-Bueno, vamos al lío ya -Grigori se agachó y pasó por en medio de la barandilla con suma delicadeza. Daniel, lo imitó.

-Tened, cuidado -dijo Raf preocupado.

Descendieron muy lentamente, con paso firme. Las olas del inmenso océano rompían bajo sus pies, a unas decenas de metros, chocando contra la inmensa estructura de acero. El aire soplaba con fuerza silbando a través de la plataforma. Un paso en falso y se acabaría todo.

Cuando por fin pusieron un pie sobre el piso donde estaban las dependencias de los científicos suspiraron con alivio. Estaban a salvo.

-Grigori -dijo Daniel señalando hacia delante-. Se han dejado la puerta abierta.

-Mejor. Así nos ahorramos forzar la maldita cerradura. Estoy cansado de que se nos compliquen tanto las cosas.

Entraron en la habitación precipitadamente. Nada, no había absolutamente nada salvo dos mesas y unas cuantas sillas desperdigadas por el suelo. Se lo habían llevado todo con ellos al marchar.

-Maldita sea -escupió Grigori-. Se lo han llevado todo. Nos han dejado aquí tirados. Sentenciándonos a muerte.

Buscaron infructuosamente por todos los rincones durante un par de horas.

-Hijos de puta -bramó Daniel mientras le pegaba un manotazo a una silla y salía despedida hacia la otra punta de la pequeña habitación.

Grigori observó cómo volaba por los aires y al volver a mirar en el suelo, donde estaba, vio un azulejo ligeramente levantado por una esquina. Se agachó, lo levantó, y debajo encontró un teléfono vía satélite con una nota pegada que rezaba: "Lo siento mucho. Perdonadnos".

Ambos se quedaron asombrados. No sabían cómo reaccionar. Tanto tiempo pensando que quizá morirían en medio de la nada y ahora encontraban un teléfono. Todo había cambiado.

Daniel lo observó detenidamente y dijo:

-Me temo que este teléfono ha sido modificado, solo puede recibir llamadas.

-Ya tenemos algo más que antes -dijo Grigori con optimismo-. Vámonos. Cuando estemos arriba lo encenderemos a ver qué cojones pasa...

Salieron de la habitación apresuradamente. Ahora llevaban una esperanza en el bolsillo.

Mientras ascendían lentamente veían a Raf asomado, diciendo algo incomprensible.

Cuando por fin pusieron los pies en suelo firme, suspiraron aliviados. De momento habían sobrevivido.

-¿Raf, qué decías mientras subíamos? -preguntó Grigori.

-¿No me habéis escuchado?

-No, tus palabras se han caído al mar -apuntó Daniel-. Que manía tienes con hablar a la gente desde lejos... no se entiende nada.

-Bueno, es igual -dijo Raf-. Que necesito una "pipe bender".

Todos se miraron extrañados. El matemático era un genio, pero a veces rozaba más la locura. Hacía cosas incomprensibles para el común de los mortales. Quizá su aventajada mente entendiera algo que el resto no.

-¿Una "pipe", qué? -inquirió Grigori.

-Una dobladora de tubos -contestó Raf-. Me iría bien para hacer un sistema de poleas para poder bajar ahí abajo sin riesgo alguno. Las probabilidades de sobrevivir aumentarían muchísimo. ¿Hago los cálculos?

-No bajaremos más -Grigori sacó de su bolsillo el teléfono y se lo mostró-. Hemos encontrado esto.

-¡Es un teléfono! -exclamó Raf.

-Lo sabíamos -apuntó Grigori-. Vayamos a la sala de reuniones, intentaremos encenderlo a ver qué pasa...

Los tres subieron por la infinidad de escaleras que había por la plataforma, demorando inconscientemente la llegada. Ahora tenían alguna esperanza, una vez probasen el teléfono, si no funcionase, estaría todo perdido. Mientras ascendían todo era posible.

Por fin llegaron a la pequeña habitación donde se reunían. Estaba en el mismo estado que casi todo el complejo: la pintura se desconchaba cayéndose a trozos. El mobiliario estaba totalmente desgastado a causa del salitre que había.

Se sentaron. Grigori sacó el teléfono y apretó el botón de encendido mientras todos contenían el aliento. Sus vidas dependían de ese tosco aparato.

La pequeña máquina emitió un leve pitido, el pitido de la vida. Se encendió y al momento unos pequeños leds que había en la parte superior empezaron a parpadear: rojo, azul, amarillo, se iban turnando.

Se quedaron varios minutos petrificados, observando la pequeña pantalla de un color verde pálido.
El tiempo seguía pasando y el teléfono seguía sin dar señales de vida alguna.

-Maldita sea -escupió Grigori de mala gana-. ¿Para qué cojones dejan un teléfono si no van a llamar?

Todos levantaron la mirada, pero sin dejar de ver la pantalla por el rabillo del ojo.

-¿Calculo las probabilidades que hay de que nos llamen? -preguntó Raf.

-Mejor déjalo -Daniel suspiró-. Ahora no creo que sea el mejor momento.

Raf se encogió de hombros, se levantó y se puso a dar vueltas por la sala.

El sonido de sus pasos se vio interrumpido por un pequeño pitido. Grigori cogió el teléfono y leyó en voz alta el mensaje que había en la pantalla: "Preparad vuestro equipaje. Mañana pasará a recogeros un helicóptero. Perdonadnos".

Todos se miraron y rompieron a llorar mientras se abrazaban. La tensión acumulada las últimas semanas había sido demasiado. Ahora, tenían que sacar todo el estrés acumulado de alguna manera.

Tras recuperar la compostura dijo Grigori:

-Pues bien. Ya lo habéis leído: ¡nos marchamos de aquí!

-Será mejor que vayamos haciendo las maletas -dijo Daniel.

El resto del día lo pasaron de un lado para otro, cogiendo las cosas que tenían desperdigadas por toda la plataforma.

Al caer la noche estaban completamente agotados. Demasiadas emociones en un mismo día.

Grigori se tumbó sobre el camastro y se sumió en un sueño reparador, con el corazón lleno de esperanza. Volvería a ver su mujer e hija.

-¡Mirad! -exclamó Raf señalando el horizonte.

Un pequeño punto negro se acercaba por el sur, era el helicóptero. Llevaban más de dos horas en el helipuerto esperando, y por fin llegaba su salvación.

El aparato se aproximó lentamente a la plataforma y descendió con cuidado creando una ventisca que levantó una gran nube de polvo. Se fijaron en que la nave era de color verde militar, y que alguna marca había sido borrada: se veía un trozo con la pintura demasiado nueva. Una vez aterrizó, bajó el piloto y les dijo:

-Hola. Soy Nataly, la piloto de este pájaro -señaló al helicóptero-. Debemos marcharnos ya.

Subieron el equipaje y antes de despegar Grigori se acercó a la cabina y dijo:

-¿Dónde nos llevas?

-Me temo que no estoy autorizada para responderle a esa pregunta -sentenció con tono militar. Llevaba un uniforme de soldado sin distintivo alguno-. Ahora abróchense los cinturones que despegamos.

Tras varias horas de vuelo, Nataly posó el aparato a unos diez metros del mar y dijo:

-Hemos llegado.

-¿Cómo que llegado? -Grigori estaba asombrado, seguían en medio del océano-. Estamos rodeados de...

De pronto las aguas del océano se agitaron violentamente y emergió un enorme submarino de más de 400 metros de eslora creando una espuma blanca a su alrededor.

Daniel, Raf y Grigori contuvieron el aliento asombrados. Era un submarino de última generación capaz de transportar varios helicópteros y carros de combate. Un logro de la ingeniería sin precedentes. Muy pocos países del mundo podían permitirse tener en su marina un submarino de estas características.

1 comentario: