El golpe fue directo a su estómago, seco, rápido y sin aviso, acompañado de un grito agudo que casi le despertó más que el propio golpe
-¡Feliz cumpleaños Papá! - Julie no dejaba de gritarlo mientras saltaba en la cama.
Julie aún era pequeña para aguantar hasta las doce de la noche, aunque lo intentó, pero terminó quedándose dormida abrazada al libro de popup de "Alicia en el país de las maravillas". En cuanto despertó fue corriendo y casi desde el umbral de la puerta saltó sobre la cama de matrimonio de sus padres.
-Felicidades, felicidades - lo repetía sin parar.
Evelyn que estaba tumbada a su lado se incorporó y besó a Jack mientras le felicitaba en susurro. Julie se tapaba los ojos mientras hacia una mueca con su lengua.
-Será mejor levantarse señorita - casi sin terminar la frase Jack levantó en volandas a Julie y se la llevó a la cocina.
Jack estaba preparándose cuando llegó Evelyn y le preguntó a Julie que le parecía la idea de hacerle una tarta a su papá. Julie aceptó rápido pero bromeaba con la idea de que no tendrían sitio para tanta vela. Unos minutos después la cocina se había convertido en un campo de batalla con dos chicas atrincheradas detrás de la encimera y un padre de familia que las bombardeaba con harina.
Treinta y cinco eran los años que cumplía y al medio día decidieron salir a comer fuera para celebrarlo. Aunque el motivo fuera su cumpleaños él celebraba tenerlas. Fue un día agradable, de los mejores últimos días de su mundo.
La vida era dulce con ellas, las horas pasaban deprisa y sin hacer ruido, casi como si no existiera el tiempo. Julie era prácticamente un calco de ésta en miniatura, una nariz respingona, como si fuese puesta a última hora como la guinda del pastel y unos ojos de tonos verdes enmarcados en un pelo ondulado cobrizo. Jack sin embargo era distinto a ellas como un punto en una sucesión de líneas, castaño con unos monótonos marrones en sus ojos.
Aunque la fiesta improvisada en casa no duró demasiado, por la tarde se despidió de ambas, arrancó el coche y se puso de camino al trabajo. Era bombero pero no estaba al mando en su estación. Ese trabajo era cosa de Kozlov Doria, un hombre recio al que la alopecia había hecho mella en su cabeza, cambiando su tupido cabello por una calva radiante. Siempre estaba contando batallas de bares junto a un primo suyo que trabajaba en una plataforma petrolífera.
El reloj estaba a punto de marcar las once y cuarenta y siete cuando llego el aviso y las sirenas comenzaron a sonar por toda la estación. Kozlov entró como un rinoceronte en estampida en la sala de ocio. Nadie le miró si quiera y como cuando el brazo se retira de un peligro por reflejo todos saltaron de su sitio y se movieron al unísono como un banco de peces. El protocolo siempre era el mismo, ponerse la chaqueta ignífuga del traje y coger el casco, el resto del equipo estaba en el camión. Ryan era el novato y el conductor. Aún lo estaban curtiendo por lo que no lo dejaban actuar a no ser que fuese algo sencillo. Delgado y rubio fijaba sus ojos azules en la carretera y casi se convertía en uno con el camión, hacía que pareciese una extensión de sí mismo. James, afroamericano, se encargaba de revisar las mangueras y el cañón de agua. Ya estaba encaramado al camión cuando llegaron los demás. Jack subió y se sentó en los asientos traseros junto con Kozlov y los demás compañeros. Ryan y Kozlov gritaron:
-A la calle Alighieri, al número 288. Los demás, atendedme, el aviso lo ha dado un vecino. Dice que el fuego empezó de repente, una llamarada enorme y todo comenzó a arder.
-¿De repente? - dijo uno de los chicos - ¿Ha sido provocado?
-Mi experiencia me dice que sí pero cosas más raras he visto, hasta que lleguemos allí…
-Debe haber sido provocado – dijo Jack mientras miraba en una pantalla acoplada en una las paredes de la cabina – el edificio 288 fue desalojado hace dos años por peligro estructural. Deberían haber empezado a restaurarlo hace un año, pero no fue así y no encuentro por qué. Resumiendo, no está habitado, ni siquiera recibe suministro eléctrico que pudiese haber provocado una falla, así que ha debido de ser intencionado.
-Está bien, eso cambia las cosas, aun así, prepara el bioescaner, más vale asegurarse.
El minutero se acercaba a las once y cincuenta y dos cuando doblaron la esquina y entraron en la calle Alighieri. El resplandor naranja de las llamas luchaba con la luz azul de las sirenas de los coches patrulla que ya estaban allí acordonando la zona y alejando a los curiosos. Antes si quiera de que Ryan parase el camión, James ya había saltado y detrás de él los demás chicos. Jack se apresuró a escanear el edificio. James preparaba las mangueras, otro de los chicos se aseguraba de que la presión fuera correcta. El edificio tenía nueve plantas y cada una de ellas era un infierno más abrasador que el anterior. El jefe de policía que estaba allí se acercó a Kozlov para informarle, pero Kozlov no dejo de avanzar hacia Jack mientras el policía seguía dándole datos que él conocía.
-¿Tenemos algo Jack?
-Sí, pero es extraño jefe, el escáner señala una forma de vida en la novena planta, pero no se mueve.
-No perdamos tiempo. James, tú y Jack entraréis. Poneos los cascos, comprobad que estáis en línea y adentro. Iremos rociando las plantas para allanaros el camino, pero si lo que dijo Jack antes era cierto este edificio no será demasiado estable, así que a la mínima, salid de ahí.
Y como dos espeleólogos se adentraron en esa cueva de llamas, conscientes de lo que encontrarían pero sin saber cómo ni de qué forma. A salvo dentro de su traje ignífugo podían sentir el calor abrazándoles como una amante lujuriosa que no quería dejarles marchar. Su deseo era agarrarlos a ambos y fundirse con ellos para siempre. El recibidor del edificio era amplio con un mostrador a la derecha para el portero. Era un edificio muy antiguo de los que ya prácticamente no existían. Los porteros dieron paso a sistemas informatizados y cámaras que filmaban a quien intentase entrar en el edificio. No tardaron en estar recorriendo las escaleras, por suerte no eran de madera así que pudieron llegar casi sin problemas. El fuego a cada piso ardía con más intensidad, pero aún no había alcanzado con toda su potencia los pisos superiores, así que aunque ahí había un mar de llamas desatado, no tenía la misma fuerza. El humo era más peligroso pues a cada piso que subían nublaba más su ya de por si poca visión. Kozlov desde fuera estaba conectado con ellos a través de los comunicadores de los cascos y sabía exactamente su posición.
-Cuando lleguéis al último piso debéis coger el pasillo de la izquierda, hay cuatro puertas, pero la vivienda donde has detectado a alguien es la última. Recorred el pasillo hasta el final y echad abajo la última puerta, no tiene pérdida.
-¿Y dentro de la casa? -apuró a preguntar James.
-Según esto es la habitación más pegada a la fachada, así que girad a la derecha conforme entréis. Suerte chicos, por aquí las cosas marchan bien, avisad si necesitáis que os rociemos.
Como máquinas programadas Jack y James siguieron las instrucciones de Kozlov. Nada más subir el último peldaño giraron a la izquierda y encararon el pasillo donde faltaba un trozo de suelo que se había hundido al piso inferior, lo saltaron sin más problemas, pero ambos sabían que por ahí no podrían llevar a nadie si no estuvieran consciente. Una, dos, tres y la cuarta puerta estaba ante ellos. Jack echó mano a su hacha pero James ya la había arrollado y convertido en astillas sin detener su carrera. Giraron a la derecha como Kozlov les había dicho, el humo era más denso aún, pero la temperatura estaba siendo más amigable con ellos y allí lo vieron, un hombre, de espaldas a ellos con ambos brazos extendidos hacia arriba sujetados por cadenas. No era alguien a quien hubiera sorprendido el fuego, era alguien a quien habían dejado allí para que muriera. Cuando lo inspeccionaron vieron que un río rojo surcaba su pecho, un río que nacía en su boca. El hombre estaba inconsciente y las llamas se estaban acercando. James cogió el pequeño láser portátil que usaban para poder romper metales y no tardo más de un minuto en descolgarlo. El humo seguía inundando la habitación y recordó el agujero en el suelo del pasillo, no podrían volver por allí con él. Sólo quedaba una alternativa y ambos se miraron.
-Yo lo llevaré, soy más fuerte que tú Jack.
Jack simplemente asintió con la cabeza y se apresuró a destrozar la única ventana de la habitación que daba al frente del edificio donde estaban sus compañeros.
-Preparaos ahí abajo, vamos a tener que saltar. Buscad una camilla, tenemos a un herido.
James agarró al hombre lo más fuerte que pudo contra sí mismo, corrió hacia la venta y salto a través de ella. Los minutos que necesitaron para subir los nueve pisos se convirtieron en segundos de caída libre. A unos pocos metros del suelo su traje brilló como si se prendiese y un aura brillante lo rodeó. La caída se ralentizó y James toco el suelo como si hubiera saltado unos cuantos centímetros en lugar de nueve pisos.
Jack seguía arriba puesto que quería asegurarse de que James llegaba bien. Se preparó, no era la primera vez que tenía que hacer un salto así y depender del sistema anti gravitacional del traje pero eso no le impedía sentir hormigueos de nervios en el estómago. Corrió, corrió como nunca lo había hecho, pero las llamas habían llegado y no estaban dispuestas a dejar que nadie más se fuera del edificio. El suelo se hundió a su paso y cayó un par de pisos junto a los escombros y entonces cerró los ojos.
Un parpadeo, su estómago era un terremoto, estaba a punto de empezar el circuito del examen para bombero. Treinta y dos minutos antes, James, a quien aún no conocía acababa de aprobar el examen. Otro parpadeo, Jack veía pasar luces una tras otra a toda velocidad. El traqueteo de la camilla le hacía sentir incómodo. Volvió a cerrar los ojos. Decidió usar pajarita y sabía que era una mala decisión pero fue un capricho de su madre. Le apretaba el cuello pero aún con esas se encaminaba hacia el altar. Al fondo podía ver a Evelyn acompañada de su padre. Alguien gritó “descarga”, un dolor fuerte recorrió su pecho. Un pitido agudo e intermitente se clavaba en lo más profundo de su tímpano. Una chica vestida de verde y con una mascarilla miraba su brazo izquierdo mientras le gritaba a su compañero que ese brazo es el que había quedado atrapado. Volvemos a perderlo gritó alguien. Jack estaba agarrando la mano de Evelyn. Ésta apretaba tan fuerte que consiguió hacer herida con sus uñas en la palma de Jack. Evelyn no dejaba de respirar y apretar con todas las fuerzas que podía hasta que un llanto de bebé inundó la habitación. Otra descarga recorrió su pecho, prácticamente lo tiene cocinado. No va a quedar otra, anestesia, preparen el láser quirúrgico. La anestesia hizo bien su trabajo, los recuerdos dejaron de agolparse a la entrada de su mente y dejaron a Jack dormir.
Evelyn no se separó de él los días que estuvo encamado, agarrada a su mano derecha. No sabía cómo le daría la noticia de que había perdido el brazo izquierdo. Las enfermeras lo visitaban periódicamente y animaban a Evelyn a que saliera a despejarse, que no se preocupara decían, que si despertaba la avisarían en seguida.
Y en toda esa negrura, una voz que comienza a abrirse paso.
-Ya está jefe, no debería tardar mucho
Jack empezó a despertarse y vio a un hombre con una jeringa cerca de su gotero, pero una voz a los pies de su cama capto toda su atención.
-Oh, vaya, ya estás aquí, bienvenido, bienvenido Jack, estaba deseando conocerte. Es muy …, es muy excitante para mi estar delante de un héroe, bueno, ya estuvimos delante de James, el que por cierto vino a visitarte el primer día y no volvió, aunque claro, de esto último él no tiene la culpa, pero en fin. Queremos premiarte, como a él, porque mira, verás, verás, verás, el chico al que sacasteis, bueno, como te lo explico – el hombre se acercó a su oído y alzando la voz – ¡ERA MÍO! Era jodidamente mío ¿entiendes? Ese chico, esa mierda con patas se portó como un desagradecido conmigo, y yo, ¡yo! que no soy un mal hombre, mi madre me educó con unas formas exquisitas, decidí hacerle un regalo. Lo convertí en algo bonito, hice arte con él, seguro que lo viste, era una puta obra de arte. Pero no, no podías pararte a deleitarte, no, tú tan arrogante, tú tan ignorante, no podías pararte a admirar mi obra, no, ¿para qué? tenías que echarla a perder y eso amigo mío hoy en día es un delito, casi un sacrilegio ¿verdad?
-Sin duda alguna- aclaró el hombre que estaba al otro lado de la cama.
-Con tu amigo ha sido fácil, ¿Pero tú? Con esas dos mosquitas pelirrojas pululando alrededor tuya. ¿Qué iba a poder hacer yo?
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