Es casi media noche. El frío comenzaba a notarse, azotando todos los lugares de una de tantas ciudades que existen a lo largo de todo el mundo. Nadie se atrevía a hacer acto de presencia en las calles. Tan sólo se adivinaban sombras confusas tras las ventanas de las viviendas, la mayoría de ellas sumidas en la más absoluta oscuridad. Incluso el viento parecía haber querido adoptar una actitud sumamente discreta, soplando de una manera prácticamente imperceptible al oído humano. Nada. Silencio. Ni siquiera los animales callejeros mostraban el más mínimo signo de existencia. Nada que interrumpiera la tensa calma que se intuía en el ambiente.
No era el frío lo que había arrebatado cualquier signo de vida de las calles, si no el toque de queda que había sido impuesto por las autoridades militares. A las 13:05 horas de aquel fatídico día, la humanidad recibió el más terrible de los mensajes. Una noticia que recibieron millones de personas agolpados ante sus televisores o reproductores de radio. Los medios de comunicación habían conseguido la primicia, y se adelantaron a la emisión del acontecimiento que estaba por llegar. Tanto las personas que dieron la información a través de medios audiovisuales como las que la ofrecieron a través de medios radiofónicos, habían intentado hacer gala de una impecable profesionalidad a la hora de transmitir aquel trascendental mensaje.
Incluso con tantos esfuerzos realizados no pudieron ocultar el miedo en sus voces al tiempo que transmitían el mensaje. Un temblor que intentaban disimular con escaso éxito, con forzados carraspeos y abscesos de tos nada creíbles. A pesar de que en la sociedad actual en los despachos de los medios de comunicación continuamente se libraban absurdas batallas donde la ética, los escrúpulos en rara ocasión hacían acto de presencia con el único objetivo de ser el que alcanzara un mayor porcentaje de audiencia en aquellos instantes, pese a la consecución de su objetivo prioritario, ningún ejecutivo encontraba motivos para celebración alguna. No fue diferente el caso de las redes sociales de moda en aquella época. Lejos del tono irónico y burlesco con el que se solían adornar las noticias en aquellos medios, éstos se habían convertido en un auténtico hervidero cuya trascendental noticia era el principal ingrediente.
También habían querido dirigirse a la población en aquellos momentos de confusión los líderes políticos de todos los países del mundo, ya fueran o no democráticos o civilizados (rara vez una cosa iba ligada con la otra). A diferencia del mensaje transmitido por los medios de comunicación, éstos se dirigieron a los que ellos consideraban sus respectivos pueblos, con una energía y una vitalidad impropias de los momentos de angustia y confusión que se estaban viviendo.
Con una escenografía lo suficientemente improvisada que habían permitido las circunstancias del momento, los líderes se dirigían al pueblo pensando en que a pesar de todo, existía una recóndita posibilidad de extraer en un futuro algún tipo de rédito positivo de todo aquello. Pero aquel mensaje no era un discurso más en el que la gente, ya fuera por verdadera creencia o bien por simple pasotismo, asentía como hipnotizada interiorizando el mensaje estratégicamente elaborado para ganar un puñado de votos. En aquella ocasión era distinto. El mensaje, aunque parco en palabras, tenía un contenido lo suficientemente profundo como para haber conseguido calar en lo más hondo del ser humano y devolverlo a su estado más primitivo. No fue la calma y el optimismo lo que inundó a la humanidad al recibir ese mensaje, si no la pesadumbre, el pesimismo, la ansiedad. La humanidad había sido capaz de superar con creces a lo largo de su historia diversas adversidades. Hambrunas, guerras, epidemias, pestilencias. Algunas de ellas con el ser humano como brazo ejecutor y otras ejecutadas por una especie de azar místico. Pero aquello que se había anunciado era diferente.
Aquel mensaje había conectado con el miedo más arraigado en el ser humano desde los inicios de su existencia. Y ese miedo que había acompañado al hombre desde que el primer homínido habitó el planeta tierra, había hecho que despertara la bestia interior que todo ser humano llevaba dentro. No era el instinto de supervivencia lo que a partir de ahora los guiaba, si no el hecho de aferrarse a la mínima posibilidad de que ésta pudiera existir o aparecer en algún momento. Rápidamente, tras el shock inicial al escuchar el mensaje, mientras unos pocos se esforzaban en hacer creer (y en intentar convencerse a sí mismos de paso) de que a pesar de lo complicado de la situación, el ser humano una vez más, saldría victorioso de la situación.
Multitud de gente se agolpaba en los supermercados. Daba igual el producto ya fuera o no de primera necesidad, del que pudieran hacer acopio. La racionalidad había dado paso a los impulsos animales, y ello desembocó en un estallido de violencia que a la policía muy pronto le fue difícil de controlar. La única respuesta que creyeron erróneamente ante aquel estallido de violencia y saqueos, fue aplicar una doble ración de lo mismo, teniendo ello trágicas consecuencias. Las urgencias de los hospitales se colapsaron ante las hordas de heridos de diversa consideración, y algún que otro cadáver descansaba sobre el asfalto, siendo testigo mudo de lo complicado de la situación.
Tuvieron que ser las fuerzas militares las que tomaran el mando de la situación, imponiendo como primera medida, el acérrimo toque de queda que obligaba a cualquier persona a no estar presente en las calles a partir de las ocho de la tarde. Hasta los servicios de urgencia veían restringido su trabajo. Si tenían que atender alguna urgencia, siempre tenía que ser bajo extrema vigilancia de los militares. Incumplir la norma, suponía un severo castigo. Ante todo aquel caos ni siquiera se había planteado que tipo de pena debía de cumplir alguien si se atrevía a saltarse el toque de queda. Aunque nadie se atrevía a saltárselo, teniendo en cuenta que la noticia de las diversas muertes que habían sucedido a consecuencia del estallido de violencia había corrido como la pólvora, a pesar de que otra de las medidas impuestas por los militares había consistido en silenciar cualquier medio de comunicación. Teniendo en cuenta el poder agravante que éstos podrían tener sobre la población, aumentando aún más si cabía el estado de pánico, las fuerzas del orden se habían visto obligadas a ser más expeditivas, recitando todas y cada una de las penurias que improvisaron en aquel momento, y a las que se iban a ver sometidos si decidían saltarse la prohibición.
Lógicamente, y a pesar de lo ciertamente incoherente de la medida, se habían cerrado todas las fronteras. Y el transporte, ya fuera marítimo, aéreo o terrestre estaba suspendido hasta nuevo aviso. Casi con toda seguridad, en los días posteriores se comenzaría a realizar racionamiento de alimentos, a pesar de que iba a ser una medida que podía comportar estallidos de violencia aún más cruentos que los que se habían vivido hasta el momento. La medida en sí estaba empañada de cierto cinismo. ¿No se iba a acabar el mundo? Que más daba si la gente decidía darse un festín de caviar o de latas de conserva de marcas blancas. Si había un instante en el que no tenía sentido alguno que nadie se privara de algún capricho era aquel.
Una mente fría y analítica, habría tomado la sabia decisión de abandonar la que hasta aquel momento había sido su dedicación obligada, y dedicarse a disfrutar de los últimos momentos que quedaban por vivir con las personas que uno decidiera, que verdaderamente eran merecedoras de compartirlos. Disfrutar hasta que llegara el momento, pues a pesar de todo lo que se había dicho desde que se proclamó aquel mensaje con aquel trágico presagio, nadie sabía a ciencia cierta cuando iba a suceder aquello. También por el contrario, existían aquellos que tenían poca estima hacia la incertidumbre, y más cuando la pregunta lanzada al aire, es la que refiere al final de la propia existencia, por lo que más de uno había decidido que ya había vivido y visto lo suficiente, que tenía potestad suficiente para librarse de presenciar el fin de sus días, y el de toda forma de vida que morara en el planeta tierra.
Los había que también habían querido adelantarse al trágico desenlace, pero que lo hacían por mero orgullo. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué ahora? Se preguntaban miles y miles de personas. Aquella era una pregunta sin respuesta, aunque la respuesta más autocomplaciente era que nadie era culpable de aquello que iba a suceder. Simplemente era un capítulo más (el último) que se debía escribir en la historia de la humanidad, como cuando el hombre llegó a la luna, Hiroshima fue bombardeada o Estados Unidos vio mermado su sentimiento de pertenecer a una república inquebrantable tras los atentados del once de septiembre del año 2001. Todo comenzaba y todo tenía un final. Y lo que era la vida en el planeta tierra no iba a ser una excepción.
Los seres humanos individualmente nacían, crecían y se morían. Quizás en algunos casos se obviaba la fase del crecimiento, pero lo cierto es que la vida no se podía entender sin nacimiento, pero mucho menos sin la muerte, y en aquel momento simplemente se iba a reproducir el ciclo vital, sólo que en esta ocasión no iba a ser de manera individual y anónima, si no colectiva. Daba igual a la clase social que pudieras pertenecer, que logros habías conseguido alcanzar en la vida o que cosas te quedaban por hacer. La muerte es un traje que siempre acababa vistiendo tanto al rico como al pobre. La humanidad estaba condenada a ponerse ese traje que probablemente nadie sueña con lucir.
Desde la barriada más humilde de Brasil hasta los barrios más ostentosos de las grandes capitales, todo el mundo sabía el destino que le aguardaba. Lo único que se podía hacer era afrontar aquel destino de la mejor manera que uno quisiera o pudiera, pero si hay algo que tienen en común todas las historias, es que todas acaban con un punto y final. Se sabía lo que iba a suceder, pero no a ciencia cierta cómo. Estaba claro que aquello que iba a suceder de forma inminente, a corto plazo, era totalmente incompatible con cualquier forma de vida. Una vez hubiera sucedido aquello que todos temían, se sabía que tarde o pronto los seres humanos dejarían de existir, junto con otros seres vivos.
Probablemente habría algunas formas de vida que sobrevivirían, y continuarían existiendo. Pero eran seres tan insignificantes que con el paso del tiempo dejarían el planeta tierra como si fuera una gran mansión que ha sido abandonada por sus inquilinos y en la cual éstos han dejado únicamente como legado el vacío absoluto y cuatro trapos viejos como único vestigio de que habían morado en aquel lugar. La tierra con el paso de los años se convertiría en eso, un paisaje abandonado e inhóspito, devorado por la maleza y astillado por los efectos negativos del paso del tiempo. Aquellas calles rodeadas de edificios de las grandes ciudades, nunca más serían testigos del bullicio y del constante paso de todas aquellas personas, todas y cada una de ellas con sus logros, decepciones, amores, traiciones, ilusiones...con su vida. Todo aquello iba a dar paso al más absoluto silencio.
Tan sólo se escucharía el viento y la lluvia ocasional. (Si es que aquello no acababa desapareciendo también). O simplemente todo se vería sumido en la oscuridad, en la más absoluta y terrible oscuridad. Pues aquella fatídica noticia que se había anunciado a las 13:05 del mediodía, indicaba que en un periodo de tiempo, indefinido pero a la vez cercano, el sol se iba a apagar. Para siempre.
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