El impacto fue tan ensordecedor que le temblaron los oídos. De nuevo se sumió en esa extraña sensación de estar cayendo en un pozo sin fondo girando sobre todas sus extremidades y el cerebro dando vueltas dentro de su cabeza como intentando escapar por cualquier resquicio. Su desasosiego era tan grande que calculó que le quedaban unos pocos segundos para comenzar a vomitar…hasta que abrió los ojos.
-Otro mal sueño – susurró para sí mismo Decio todavía con el malestar que le recorría el cuerpo cada vez que dormía tan intranquilo.
Tuvo que toser varias veces para quitarse la arena que se le había metido en la boca, pues había vuelto a caerse de la cama mientras dormía hasta dar con el suelo de bruces. Una vez que se incorporó sobre sí mismo, le vinieron a la cabeza todos esos recuerdos que le azotaban la mente desde que decidió emprender su nueva vida en las montañas…las luces de la ciudad volviéndose día tras días más tenues, la gente suplicando que les dejaran entrar a sus casas, el miedo que le recorría las entrañas cada vez que la ventisca se cernía sobre el pueblo, la absoluta oscuridad que súbitamente les sumergió en un continuo invierno…y su mujer…su mujer palideciendo minuto a minuto, agonizando en sus brazos…no podía olvidar aquellas palabras amartillándole la mente:
-Márchate…ya no queda vida para mí en este lugar, vas a tener que aprender a salvarte tú solo – su voz ya era apenas audible y se entremezclaba con el aullido del viento y los desesperados gritos de quienes estaban ahí afuera, empujados hacia el exterior por la desesperación de conseguir alimentos y de encontrar una casa donde todavía hubiera madera para calentarse mientras se trazaba un plan de huida.
Sí, huida. Por alguna extraña razón, las habladurías sobre un enfriamiento nunca antes visto, poco menos que el apocalipsis, habían terminado resultando ciertas. Por alguna extraña razón, ese pueblo había sido el primero en ser afectado y de una forma tan inesperada y cruel, que cualquier plan de evacuación habría sido inútil, no habría dado tiempo a prepararlo, sin duda el plan era huir lo más rápido y lejos posible.
-No puedo…no puedo dejarte aquí… - las lágrimas inundaron los ojos de Decio.
Desde que llegó la oscuridad, no había dejado de llorar. Ver a su mujer enfermar le había dejado más helado que cualquier minuto que pasara en el exterior de su casa. Cada día la veía desmejorar más y más, y no podía reprimir el llanto, así de unidos estaban. Sin embargo, de alguna manera, supo que esa iba a ser la última vez.
-Mi vida, no llores más…me rompes el corazón. – también ella comenzó a llorar, el final se acercaba.
-Cariño, no puedo seguir sin ti, te seguiré adonde haga falta. – sin duda Decio estaba dispuesto a morir junto a su mujer
-Decio, sin ti mi vida no habría tenido sentido…lo mejor que he conocido has sido tú, y me has hecho ser mejor persona…
Cada palabra que llegaba a los oídos de Decio era como una losa. Pareció que el silencio se adueñó de la situación, ya no había más ruido exterior ni nadie más en el mundo que su mujer y él, nada más importaba.
-Amor mío…la luz de mi vida…recuerda las montañas…las montañas, aún puedes salvarte – susurró ella. La vida se le estaba escapando.
-Las montañas, ojalá pudiéramos ir los dos – Decio recordó los hermosos días que habían pasado el último año en las montañas, donde se sentían mucho más tranquilos, y la vida fluía como los ríos que allí habían visto nacer. Una ligera sonrisa hizo que su cara irradiara la felicidad que alguien o algo les había arrebatado repentinamente con la llegada del estupor invernal.
-Tienes que dejarme ir… - la sonrisa de Decio pareció reflejarse en ella, y sintió como las comisuras de sus labios dibujaban también una sonrisa, como extrañadas de hacer ese movimiento que hacía tanto tiempo que no realizaban - …mi marido…mi amor…mi vida – todo se apagó para ella, dejando esa hermosa sonrisa como legado de una vida plena y feliz junto a Decio.
Le habían parecido horas, pero en realidad el retomar esos recuerdos le había llevado sólo unos segundos, el tiempo que le costó darse cuenta del revuelo que se estaba formando fuera de su cabaña. Se acercó a la silla de madera que con tanto mimo había estado tallando durante el último mes, y sobre la cual había apoyado el abrigo de pieles que le habían dado al poco tiempo de llegar a la montaña. Sin duda, el viaje que había emprendido no había sido una excursión de fin de semana de las que acostumbraba a hacer con su mujer. Esta vez había decidido partir mucho más allá, mucho más profundo en las montañas, donde la naturaleza es mucho más virgen y donde pensó que quizá podría encontrar la paz que le habían arrebatado y renacer para crear de cero su nueva vida, adaptándose al cambio que parecía estar cerniéndose sobre la Tierra.
Lo que se encontró en las montañas fue totalmente inesperado. Después de su huida hacia la nada, hacia lo más absoluto desconocido, después de huir de la civilización hacia lo profundo de la madre naturaleza, la misma madre naturaleza que había golpeado su pueblo y devastado su corazón, lo último que habría esperado encontrar era alguna persona en su misma situación. Sin embargo estaba equivocado, el pasar semanas deambulando sólo por las montañas, alimentándose de hierba y bayas y haber tenido que aprender a ser sigiloso y adquirir destrezas para pescar y cazar, le había hecho pensar que todo lo que él había podido llegar a conocer ya no existía: ciudades, pueblos, su gente…
Al principio, la persona que encontró agazapada entre los matorrales estuvo a punto de abrirle en canal como si fuera el conejo que se le acababa de escapar. Decio no sabía hasta qué punto podía llegar la desconfianza entre seres humanos incluso cuando la situación era la de encontrarse sólo ante el mundo. Desde luego no facilitaba la situación el hecho de que hablaran idiomas diferentes, y menos todavía cuando ambos sólo chapurreaban algunas palabras en el idioma común que ambos conocían.
El desconocido, aunque todavía indeciso y desconfiado incluso cuando Decio no había mostrado ningún signo de violencia, sino todo lo contrario, se había mantenido tranquilo, dócil y colaborador, le indicó que le siguiera. Decio imaginó que le llevaría hacia alguna especie de refugio que podría tener en las montañas, y, efectivamente, no se equivocaba. A él le pareció fantástico, pues desde la altura a la que se encontraban divisó al fondo del valle por lo menos una docena de cabañas, lo cual debía significar que había más gente viviendo entre ellos.
Tras media hora andando que le pareció una eternidad, debido a la excitación que tenía por saber que había más gente que había logrado sobrevivir a la hecatombe que llegaba y que, todavía no lo sabía, estaba por llegar, llegaron al valle. Efectivamente, había alrededor de una docena de cabañas, aunque Decio estaba tan emocionado que no se paró ni siquiera a contarlas para saber exactamente cuántas eran. Una vez allí, el desconocido que le había guiado hasta el improvisado campamento, fue a hablar con el resto de habitantes del milagroso refugio. Pudo contar en total siete, que incluyéndole a él serían un total de ocho personas. Ni siquiera le desanimó el hecho de que la mayoría de ellos hablaran lenguas que él por el momento no era capaz de reconocer. Sin embargo, uno de ellos sí que hablaba su idioma, y fue él mismo quien le explicó como habían llegado todas las personas que veía y las diferentes y rocambolescas historias que les habían llevado a ese lugar.
Tras varias semanas conviviendo se había generado una gran confianza entre ellos ocho y habían aprendido a ayudarse y colaborar para, por lo menos, sobrevivir. Decio no se había parado ni siquiera a pensar en nada más que en no morir, ya sería más adelante cuando tuviera tiempo para idear un plan para escapar de las montañas y emprender una nueva vida. Pero eran tantas las incógnitas que tenían: lo primero de todo era que no sabían qué ocurría, no sabían hasta donde había llegado el frío glaciar que les había sacudido en los respectivos lugares donde hasta hace no mucho todos tenían vidas con algo interesante que contar…
Decio sacudió su abrigo y se lo puso por encima de los hombros para salir rápidamente al exterior de su cabaña y ver qué ocurría. Antes de que pudiera dar un paso uno de los que consideraba ya sus amigos irrumpió en la cabaña:
-¡Fuego¡!Avión¡ - el nerviosismo en sus palabras era evidente.
Decio reaccionó en milésimas de segundo, pues intuía lo que podía pasar. Salió de la cabaña junto a su amigo como una exhalación y vio el humo detrás de la colina, no era la primera vez que ocurría lo que estaba viendo. Sus seis restantes acompañantes ya estaban recogiendo las armas que habían ido fabricando últimamente pero también las armas de fuego que habían ido rescatando en las pocas pero arriesgadas expediciones que habían hecho en busca de civilización lejos del refugio.
Las tres veces que Decio había oído las palabras “fuego” y “avión” habían sido sinónimo de peligro. La primera vez divisaron un avión que se estrelló contra las montañas y a las horas apareció un grupo de gente que se hacían pasar por exploradores, pero que finalmente resultaron ser parte de los acompañantes del avión siniestrado: un grupo iba en avión a explorar la zona en busca de recursos y otro iba por tierra. Los siete habitantes de las cabañas habían aprendido en sus hogares originarios que había que desconfiar de la gente en situaciones como la actual, el hambre te hace cometer locuras y esta era una de ellas. El grupo de exploradores había intentado matar a los miembros de la compañía pero estos habían dado la vuelta a la tortilla, se habían vuelto muy hábiles en el manejo de armas desde que las tormentas asolaron las ciudades, y parece que el lema que habían tomado era “mata o muere”.
Decio había aprendido que, aunque no le pareciera bien, para sobrevivir tendría que grabarse ese lema a fuego. Las dos ocasiones siguientes que apareció un avión y posteriormente un grupo de gente había sido exactamente igual, pero esas veces Decio también había colaborado en la masacre, se estaba volviendo despiadado con los desconocidos aunque por el momento no le llegaba a preocupar.
En ese momento, Decio se preparó junto a sus compañeros para una nueva batalla. Sin embargo, nunca se había parado a pensar por qué cada vez que aparecía un avión, este se había estrellado, y tampoco por qué la gente que acudía hasta esas cabañas parece que lo hacían deliberadamente, como con un objetivo. Justo al contrario que él, él había llegado casualmente y se había encontrado con desconfianza. Desconfianza que compartía después de haber vivido lo que de nuevo estaba a punto de ocurrir.
Le vino a la mente algo que le había dicho su mujer momentos antes de expirar su último aliento: “vas a tener que aprender a salvarte tú solo”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario