Grigori
y sus compañeros seguían a Nataly por el laberinto de pasillos por
donde les guiaba. Estaban asombrados, jamás habían visto un
submarino por dentro, y mucho menos de ese tipo. Las puertas se iban
abriendo automáticamente a su paso cuando un sensor de retina
escaneaba los ojos de Nataly.
Tras más de veinte minutos recorriendo las entrañas del submarino, llegaron a una amplia habitación donde tan solo había una gran mesa rodeada de sillas.
Tras más de veinte minutos recorriendo las entrañas del submarino, llegaron a una amplia habitación donde tan solo había una gran mesa rodeada de sillas.
-Por
favor, siéntense que ahora les traerán algo de comer -dijo Nataly
mientras salía de la habitación y cerraba la puerta tras de si.
Los
tres compañeros se sentaron y se miraron sorprendidos. Apenas hacia
24 horas estaban encerrados en la plataforma, probablemente
sentenciados a muerte y ahora, estaban en un submarino con tecnología
desconocida para la mayoría de los mortales.
-Aquí
hay gato encerrado -masculló Raf con el ceño fruncido mientras se
pasaba la mano por el pelo. Parecía que acababa de salir de un
psiquiátrico-. ¿No os parece raro?
-Pues
no sé que ves de sospechoso en que venga a recogernos un helicóptero
militar sin bandera y, además, nos traigan a un submarino que no
debería existir todavía -comento Daniel con sarcasmo.
-Pues
fíjate en los detalles...
-Raf
-interrumpió Grigori-, te está tomando el pelo. Por supuesto que es
raro. Salta a la vista.
De
pronto se abrió la puerta y entró un robot con forma humanoide
portando entre sus manos una bandeja con tres pastillas de color
rojo.
-Hola.
Aquí les traigo su comida -dijo con una voz robótica-. Que les
aproveche -dejó la bandeja sobre la mesa y salió caminando
torpemente.
-¿De
verdad a esta mierda le llaman comida? -escupió Grigori-. Me
recuerda a las pastillas de proteínas que tomaba con mi primo el
bombero tras una larga borrachera... esas por lo menos nos quitaba la
resaca.
-Estos
militares se comen cualquier porquería -apunto Daniel.
-Joder,
si es que además están frías -Raf miraba la pastilla entre
curiosidad y asco a la vez.
Un
leve pitido interrumpió la conversación, agudo, intermitente:
"beep, beep, beep".
De pronto apareció una imagen holográfica frente a ellos, muy realista, parecía estar ahí mismo. Vestía con una bata blanca como un científico, su rostro parecía abatido, ojeroso, con una barba de varios días, con los ojos enrojecidos y hundidos. No tenía buen aspecto.
De pronto apareció una imagen holográfica frente a ellos, muy realista, parecía estar ahí mismo. Vestía con una bata blanca como un científico, su rostro parecía abatido, ojeroso, con una barba de varios días, con los ojos enrojecidos y hundidos. No tenía buen aspecto.
-Soy
James, el científico que estaba al mando en la plataforma
petrolífera donde trabajabais -hizo una breve pausa, tragó saliva y
continuó-. Me temo que os debo una explicación: como bien sabréis,
hacía mucho tiempo que ya no había petróleo para extraer. En
realidad, estábamos en ese lugar del océano porque justo debajo de
la plataforma, hay unas bacterias que podrían haber salvado a la
humanidad...
-¿Salvar
a la humanidad? -inquirió Grigori con el ceño fruncido.
-¿Cuanto
tiempo lleváis incomunicados?
-Bastantes
meses -apuntó Grigori-. Antes de que nos abandonaseis en la
plataforma ya empezaron a fallar las telecomunicaciones.
-Pues
-James carraspeó, cerró los ojos y negó con la cabeza, intentando
retrasar lo inevitable. Tras un minuto en silencio, suspiró y
continuó-. Supongo que ya sabréis que se ha estado intentando
extraer energía del sol... pues bien, se ha desestabilizado y se
está apagando. Es el fin de la humanidad. En cuestión de días,
meses, o años, vamos a extinguirnos por completo…
Grigori
entró en cólera y saltó hacia delante para golpear al
científico.
De pronto, James, en un acto de reflejo tan instintivo como absurdo, se encogió sobre si mismo, haciéndose un ovillo para recibir el golpe que nunca llegó. Grigori traspasó la imagen holográfica cayendo de bruces contra en suelo, resollando, gruñendo como una fiera enjaulada.
De pronto, James, en un acto de reflejo tan instintivo como absurdo, se encogió sobre si mismo, haciéndose un ovillo para recibir el golpe que nunca llegó. Grigori traspasó la imagen holográfica cayendo de bruces contra en suelo, resollando, gruñendo como una fiera enjaulada.
-Perdonadnos
–James parecía abatido. El sentimiento de culpa llevaba demasiado
tiempo arraigado en su cerebro-. Nosotros no sabíamos que iba a
pasar esto –los ojos se le humedecieron y comenzó a sollozar
tímidamente.
Grigori
se incorporó inmediatamente y gritó:
-¡Maldita
sea! ¿Y nos habéis dejado ahí encerrados tanto tiempo sabiendo que
el fin está cerca? –se echó las manos a la cabeza y continuó con
un hilo de voz-. Mi mujer e hija están ahí fuera…
-Creo
que puedo ayudarte a encontrarlas –apuntó James.
-¿Cómo?
-Imagino
que en estos momentos poco importan los secretos militares… y menos
ahora que el mundo está en un caos absoluto –James suspiró-.
Todas las personas de la tierra tienen insertado bajo la piel un
microchip identificativo con un micro gps que nos indica en que lugar
se encuentran en todo momento.
Los
tres compañeros se miraron sin saber que decir. Corrían muchos
rumores sobre ello, pero todo el mundo creía que era una
conspiración absurda más. A veces, la realidad supera a la ficción.
-¿Pues
a qué cojones estás esperando? –inquirió Grigori
impacientemente.
-Ahora
mismo aviso a Nataly y os dirá donde se encuentran vuestros seres
queridos. Me temo que tengo que dejaros. Tendréis siempre a vuestra
disposición a Nataly… Quizá podamos salvaros, a vosotros y a
vuestras familias –la imagen parpadeó un segundo y desapareció.
Los
tres compañeros se quedaron en silencio, meditabundos, asimilando la
noticia que acababan de recibir y mirándose el cuerpo con
curiosidad, buscando en vano donde podrían tener el
microchip.
Grigori rompió el silencio:
Grigori rompió el silencio:
-¿Qué
tenéis pensado hacer?
-Yo
voy contigo. No tengo familia.
-¿Y
tú, Daniel?
-También
voy. Tengo familia pero como si no la tuviera.
Ya
llevaban mucho tiempo juntos. En las adversidades, es donde se suelen
forjar los vínculos más puros, todo se magnifica.
Unos golpes en la puerta interrumpieron su conversación. Nataly entró y les dijo que la siguieran.
Llegaron a una pequeña habitación donde había un mesa pegada a la pared y una silla. Nataly se sentó, un sensor de retina que había en la pared escaneó su ojo derecho. Sobre la mesa se proyectó un teclado y una imagen holográfica en la que tuvo que poner una contraseña.
-Por
favor, Grigori, dígame como se llama su mujer para localizarla.
-Dasha
Stepanov Kuzmin.
Nataly
tecleó el nombre y tras unos segundos de búsqueda, el ordenador le
mostró su ubicación.
-Grigori,
su mujer está en la ciudad donde vivíais, pero me temo que no está
en la zona segura. Según su microchip, está en los túneles del
metro.
-¿Zona
segura?
Los
tres compañeros miraron a Nataly extrañados. No entendían nada.
-Hay
una zona de la ciudad fuertemente vigilada por la policía y el
ejército para evitar disturbios, robos, asesinatos... El resto, está
sumida en el caos absoluto: la población ha entrado en pánico y
saquean tiendas, se matan entre ellos... Me temo que el mundo ha
cambiado desde que están ustedes en la plataforma.
-¿Y
a qué esperas para llevarnos? -escupió Grigori.
-Ahora
mismo ponemos rumbo hacia la ciudad. Os acompañaré a una habitación
para que descanséis. Hasta mañana no llegaremos.
Nada
más despuntar el sol por el horizonte, ya estaban todos preparados
para marchar. El helicóptero ascendió lentamente y se alejó del
submarino mientras se sumergía bajo las agitadas aguas.
Tras
volar durante media hora, vieron a lo lejos la dantesca imagen de la
ciudad. Los compañeros quedaron horrorizados al ver como ascendían
varias columnas de humo negro en varios puntos distintos.
-Siento
lo que van a ver a continuación –dijo Nataly mientras maniobraba
hacia la única zona segura de la ciudad.
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