viernes, 19 de febrero de 2016

Capítulo 6 - Grigori

Grigori y sus compañeros seguían a Nataly por el laberinto de pasillos por donde les guiaba. Estaban asombrados, jamás habían visto un submarino por dentro, y mucho menos de ese tipo. Las puertas se iban abriendo automáticamente a su paso cuando un sensor de retina escaneaba los ojos de Nataly.
Tras más de veinte minutos recorriendo las entrañas del submarino, llegaron a una amplia habitación donde tan solo había una gran mesa rodeada de sillas.

-Por favor, siéntense que ahora les traerán algo de comer -dijo Nataly mientras salía de la habitación y cerraba la puerta tras de si.

Los tres compañeros se sentaron y se miraron sorprendidos. Apenas hacia 24 horas estaban encerrados en la plataforma, probablemente sentenciados a muerte y ahora, estaban en un submarino con tecnología desconocida para la mayoría de los mortales.

-Aquí hay gato encerrado -masculló Raf con el ceño fruncido mientras se pasaba la mano por el pelo. Parecía que acababa de salir de un psiquiátrico-. ¿No os parece raro?

-Pues no sé que ves de sospechoso en que venga a recogernos un helicóptero militar sin bandera y, además, nos traigan a un submarino que no debería existir todavía -comento Daniel con sarcasmo.

-Pues fíjate en los detalles...

-Raf -interrumpió Grigori-, te está tomando el pelo. Por supuesto que es raro. Salta a la vista.

De pronto se abrió la puerta y entró un robot con forma humanoide portando entre sus manos una bandeja con tres pastillas de color rojo.

-Hola. Aquí les traigo su comida -dijo con una voz robótica-. Que les aproveche -dejó la bandeja sobre la mesa y salió caminando torpemente.

-¿De verdad a esta mierda le llaman comida? -escupió Grigori-. Me recuerda a las pastillas de proteínas que tomaba con mi primo el bombero tras una larga borrachera... esas por lo menos nos quitaba la resaca.

-Estos militares se comen cualquier porquería -apunto Daniel.

-Joder, si es que además están frías -Raf miraba la pastilla entre curiosidad y asco a la vez.
Un leve pitido interrumpió la conversación, agudo, intermitente: "beep, beep, beep".
De pronto apareció una imagen holográfica frente a ellos, muy realista, parecía estar ahí mismo. Vestía con una bata blanca como un científico, su rostro parecía abatido, ojeroso, con una barba de varios días, con los ojos enrojecidos y hundidos. No tenía buen aspecto.

-Soy James, el científico que estaba al mando en la plataforma petrolífera donde trabajabais -hizo una breve pausa, tragó saliva y continuó-. Me temo que os debo una explicación: como bien sabréis, hacía mucho tiempo que ya no había petróleo para extraer. En realidad, estábamos en ese lugar del océano porque justo debajo de la plataforma, hay unas bacterias que podrían haber salvado a la humanidad...

-¿Salvar a la humanidad? -inquirió Grigori con el ceño fruncido.

-¿Cuanto tiempo lleváis incomunicados?

-Bastantes meses -apuntó Grigori-. Antes de que nos abandonaseis en la plataforma ya empezaron a fallar las telecomunicaciones.

-Pues -James carraspeó, cerró los ojos y negó con la cabeza, intentando retrasar lo inevitable. Tras un minuto en silencio, suspiró y continuó-. Supongo que ya sabréis que se ha estado intentando extraer energía del sol... pues bien, se ha desestabilizado y se está apagando. Es el fin de la humanidad. En cuestión de días, meses, o años, vamos a extinguirnos por completo…

Grigori entró en cólera y saltó hacia delante para golpear al científico.
De pronto, James, en un acto de reflejo tan instintivo como absurdo, se encogió sobre si mismo, haciéndose un ovillo para recibir el golpe que nunca llegó. Grigori traspasó la imagen holográfica cayendo de bruces contra en suelo, resollando, gruñendo como una fiera enjaulada.
-Perdonadnos –James parecía abatido. El sentimiento de culpa llevaba demasiado tiempo arraigado en su cerebro-. Nosotros no sabíamos que iba a pasar esto –los ojos se le humedecieron y comenzó a sollozar tímidamente. 
Grigori se incorporó inmediatamente y gritó:
-¡Maldita sea! ¿Y nos habéis dejado ahí encerrados tanto tiempo sabiendo que el fin está cerca? –se echó las manos a la cabeza y continuó con un hilo de voz-. Mi mujer e hija están ahí fuera…
-Creo que puedo ayudarte a encontrarlas –apuntó James.
-¿Cómo?
-Imagino que en estos momentos poco importan los secretos militares… y menos ahora que el mundo está en un caos absoluto –James suspiró-. Todas las personas de la tierra tienen insertado bajo la piel un microchip identificativo con un micro gps que nos indica en que lugar se encuentran en todo momento.
Los tres compañeros se miraron sin saber que decir. Corrían muchos rumores sobre ello, pero todo el mundo creía que era una conspiración absurda más. A veces, la realidad supera a la ficción.
-¿Pues a qué cojones estás esperando? –inquirió Grigori impacientemente. 
-Ahora mismo aviso a Nataly y os dirá donde se encuentran vuestros seres queridos. Me temo que tengo que dejaros. Tendréis siempre a vuestra disposición a Nataly… Quizá podamos salvaros, a vosotros y a vuestras familias –la imagen parpadeó un segundo y desapareció. 
Los tres compañeros se quedaron en silencio, meditabundos, asimilando la noticia que acababan de recibir y mirándose el cuerpo con curiosidad, buscando en vano donde podrían tener el microchip.
Grigori rompió el silencio:

-¿Qué tenéis pensado hacer?

-Yo voy contigo. No tengo familia.

-¿Y tú, Daniel?

-También voy. Tengo familia pero como si no la tuviera.

Ya llevaban mucho tiempo juntos. En las adversidades, es donde se suelen forjar los vínculos más puros, todo se magnifica.

Unos golpes en la puerta interrumpieron su conversación. Nataly entró y les dijo que la siguieran.
Llegaron a una pequeña habitación donde había un mesa pegada a la pared y una silla. Nataly se sentó, un sensor de retina que había en la pared escaneó su ojo derecho. Sobre la mesa se proyectó un teclado y una imagen holográfica en la que tuvo que poner una contraseña.

-Por favor, Grigori, dígame como se llama su mujer para localizarla.

-Dasha Stepanov Kuzmin.
Nataly tecleó el nombre y tras unos segundos de búsqueda, el ordenador le mostró su ubicación.

-Grigori, su mujer está en la ciudad donde vivíais, pero me temo que no está en la zona segura. Según su microchip, está en los túneles del metro.

-¿Zona segura?

Los tres compañeros miraron a Nataly extrañados. No entendían nada.

-Hay una zona de la ciudad fuertemente vigilada por la policía y el ejército para evitar disturbios, robos, asesinatos... El resto, está sumida en el caos absoluto: la población ha entrado en pánico y saquean tiendas, se matan entre ellos... Me temo que el mundo ha cambiado desde que están ustedes en la plataforma.

-¿Y a qué esperas para llevarnos? -escupió Grigori.

-Ahora mismo ponemos rumbo hacia la ciudad. Os acompañaré a una habitación para que descanséis. Hasta mañana no llegaremos.

Nada más despuntar el sol por el horizonte, ya estaban todos preparados para marchar. El helicóptero ascendió lentamente y se alejó del submarino mientras se sumergía bajo las agitadas aguas.

Tras volar durante media hora, vieron a lo lejos la dantesca imagen de la ciudad. Los compañeros quedaron horrorizados al ver como ascendían varias columnas de humo negro en varios puntos distintos.

-Siento lo que van a ver a continuación –dijo Nataly mientras maniobraba hacia la única zona segura de la ciudad.



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