domingo, 24 de abril de 2016

Capítulo 8 - Crimar

- … y eso es todo, hasta ahora que me acabas de pedir que te resuma tus memorias. - aclaró tajante K.N.L. .

Kora estaba tumbada en mitad de la sala y miraba con cierta despreocupación las pantallas, Crimar se incorporo, di un paso adelante, flexiono un par de veces las rodillas y dijo en voz alta:

- Sera mejor que me vaya cuando antes

Crimar se arrodillo al lado de Kora para acariciarla, esto le servia como excusa para retrasar un poco su salida, era inevitable, pero no le gustaba salir fuera de la seguridad que le proporcionaba su refugio, Kora casi como recriminándole esa actitud ladro, un ladrido corto, seco, imperativo. Crimar se dio por aludido y emprendió la marcha hacia la salida de del refugio.

Su refugio era un antiguo bunker, de los que hace algunos siglos se construyeron por miedo a una guerra nuclear, irónicamente fue un reactor natural el que hizo que Crimar terminara ahí dentro. Se encontraba debajo de un edificio, en el sótano, por suerte el edificio estaba completamente abandonado, no solía acercarse nadie ni siquiera para cobijarse. Prácticamente lo encontró por casualidad, durante las primeras semana Crimar era un vagabundo mas que huía de cualquier cosa que pudiera resultar peligrosa, hasta que que se topó con Kora, sin duda, le debía la vida a ese animal, pues fue ella quien lo guio hasta el refugio y Crimar no tardo en sacar provecho de lo que encontró allí, se convirtieron en inseparables.

Cuando llego a la puerta del refugio y sus manos agarraban la manivela de la compuerta la voz de K.N.L. le hizo pegar un salto

- Crimar ¿no olvidas algo?

Crimar cogió un pequeño auricular de una estantería improvisada con un par de cajas que estaba al lado de la salida, se lo coloco dentro del oído izquierdo.

Volvió a agarrar la manivela y de nuevo la voz robótica lo sobresalto de nuevo, esta vez estimulando directamente los huecesillos de su oído.

- Crimaaaaaaaaaaaaaaar – dijo K.N.L. lánguidamente - ¿no se te olvida nada mas?

-¿Que ocurre ahora K.N.L.? - contesto Crimar notablemente alterado -

- ¿Como vas a arreglarte si vuelve a atacarte un árbol como la ultima vez?

- Eh, ese árbol se cayo sobre mi, podría haberme matado

- Le doblabas el peso y aun así te derribó, Crimar,

Crimar no estaba hecho al dolor, cuando tenia seis años su padre le regalo una bicicleta, nunca consiguió montar demasiado bien, la primera vez que lo hizo acabó con una herida que le surcaba medio brazo y desmayado al ver su propia sangre, pero al menos el fin del mundo lo había curtido y ahora necesitaba algo mas que la simple visión de una herida sangrante para desmayarse, tampoco había matado a nadie y evitaba hacerlo, era por eso que solía salir de noche, confiaba en K.N.L. y en pasar lo suficientemente inadvertido como para no correr peligro, cogió unas vendas, alcohol, un par de antibióticos y los echo a la mochila, un leve susurro recorrió de nuevo su oído interno.

- Las gafas

Casi de forma automática cogió un par de gafas, las encontró con todo lo demás en el refugio, visión, térmica, nocturna y algunas otras que ni él sabia para que servían, pero le venia bien para sus salidas nocturnas, junto con la comida que cogió antes, las armas y las gafas, Crimar esta por fin listo, se despidió de Kora nuevamente.
- Vigila el refugio, tienes comida de sobra, volveré pronto amiga.

Por fin, agarró la manivela de la puerta, la giró y salio.

El frio aire del exterior choco de golpe contra Crimar, haciendo que se le erizara hasta el ultimo vello de su cuerpo, el traje enseguida regulo su temperatura, salio y cerró la puerta tras de si. El sótano estaba tranquilo, como siempre, casi llegaría a dar miedo si no fuera por las cosas que Crimar había llegado a ver ahí fuera.

Subió las escaleras que lo llevaban a la primera planta, retiro con cuidado los escombros que las cubrían y de forma disimulada hecho un vistazo y casi susurrando dijo:

- K.N.L. ¿detectas algo?

- Tus niveles de adrenalina han subido considerablemente, deberías relajarte.

Si, seguro que hay algún cabrón por ahí deseando hacerme un masaje para relajarme, pensó para si mismo.

- Tranquilo, no detecto ninguna forma de vida. – termino por apuntar K.N.L. .

Crimar acabo de reunir el valor que tenia y por fin salio al exterior, pero sin incorporarse, pulso un botón en el lado de sus gafas, un mar de tonos azules y blancos apareció ante sus ojos, ni una sola mancha verde, amarilla o roja, la térmica no engañaba, aunque él mismo aparecía azul gracias al traje, por eso a pesar de lo que K.N.L. secundara la idea de que estaba solo, nunca bajaba la guardia, hecha la comprobación, paso a visión nocturna.

- K.N.L., el almacén con alimentos mas cercano ¿por donde voy? Crimar se esforzaba por hablar lo mínimo y si debía hacerlo siempre era de la forma mas sutil e imperceptible posible.

- La opción mas optima es atravesar los edificios para llegar a la gasolinera a las afueras de la ciudad y desde allí – K.N.L. se cayo durante menos de una décima de segundo – serian unas seis horas a tu velocidad media, tal vez mas dependiendo del terreno.

- Esta bien, estas autorizada a guiarme.

Con esto K.N.L. sabia de sobra que tenia libertad absoluta para guiar el camino de Crimar, era algo que solían hacer en las salidas, así Crimar mantenía su política de hablar cuanto menos mejor y podía concentrarse en lo que le rodeaba.

Cruzo la calle, rápido, aun mirando a ambos lados, el reflejo aprendido durante años no se perdía a pesar de que hacia meses que no había visto ningún vehículo en movimiento, la ciudad estaba callada, a ratos parecía muerta, pero a veces parecía mas bien un animal salvaje, acechando, silenciosa y callada, esperando el momento idóneo para saltar sobre su presa.

Habían hecho esto tantas veces que casi era un proceso mecánico, en cierto modo se movían como una sola unidad, llego al primer edificio, K.N.L. ordeno “para” y en seguida volvió a ser tajante “limpio, sigue”. Crimar obedecía, la puerta estaba abierta, como la de la mayoría de edificios, cuando se dio la noticia el caos se adueño de todo, alguna gente trataba de huir, como si eso fuera posible en tal situación, otros aprovecharon para dar rienda suelta a sus instintos mas primitivos, así que era raro encontrar puertas cerradas.

Avanzo un par de calles y atravesó un edificio completamente calcinado, aun recordaba la noche de aquel incendio, cuando todo era normal, esa noche él volvía del cine, había ido con una amiga, esperando que su amiga al final de la noche se abalanzara sobre él, aquella noche en particular no paso nada, aunque unos meses después si que consiguió que esa misma chica saltara sobre él, aunque esta vez ella quería robarle lo poco que tenia, el fin de los tiempo cambio a todo el mundo, la amistad desapareció, las familias desaparecieron, cualquier lazo que uniera a dos personas por fuerte que hubiera sido hasta ese momento pasaban a ser quebradizos y la mayoría de las veces el detonante era la cosa mas nimia que uno pudiera imaginar.

El silencio era tan pesado, tan denso, que si Crimar se quedaba quieto podía oír cosas que ocurrían bastante lejos de allí, un gruñido de algún animal salvaje, el sonido del viento atravesando las calles, el sonido del agua que discurría por debajo de él, en el submundo que se habían convertido las alcantarillas y de repente, entre toda esa maraña de sonidos que se perdían en la lejanía, hubo uno, muy sutil pero contundente, solo uno que hizo que Crimar se paralizara en el acto, el llanto de un bebe.

Una alucinación sonora se dijo para si mismo, no concebía la posibilidad real de que hubiera un bebe rodeado de tanta miseria, dolor y muerte, no quería aceptar esa realidad pues le seria imposible dejar de lado a una criatura tan pequeña, pero sabia que la gente traía problemas, tuvieran la edad que tuvieran, pero el llanto resonó de nuevo y una vez mas volvió a mentirse a si mismo, no es nada, sera algún animal, no puede haber un niño y como si este quisiera dejar constancia de que era tangible, lloro mas fuerte que las otras veces, como autoproclamandose real, haciendo ver que era algo físico y que estaba allí. Crimar se paro en seco, se resigno y solo alcanzo a decir “mierda”

K.N.L. estaba atenta a las constantes de Crimar también al entorno, eso le ayudaba a predecir su comportamiento y anteponiéndose a lo que Crimar estaba a punto de decir

- Esa fuente de sonido esta a dos manzanas al noroeste, pero desviarse de la ruta supondrá un 65% de probabilidad de fallar en la búsqueda de comida y eso suponiendo que no encuentres nada.

- Algún día con suerte comprenderás que los seres humanos no somos solo numero, trozo de chatarra inmunda -sentencio Crimar- guiame al bebe.

Las indicaciones o variaron mucho de lo que acaban de dictaminar K.N.L., dos manzanas al noroeste vio una pequeña casa con una luz crepitante, de repente K.N.L. de forma rotunda.

- ¡Detecto movimiento detrás de ti !

Crimar se giro rápido a la par que volvía a poner la térmica y lo vio, alguien detrás de el, corriendo en su dirección, demasiado cerca como para reaccionar, lo derribaron y cayo el suelo, levanto la vista, esa persona fuera quien fuera iba corriendo hacia la casa, Crimar fue rápido, saco su arma de la mochila y apunto

- Esta bombeando demasiada adrenalina tu probabilidad de acertar el disparo es muy baja

- mierda mierda miera -repitió Crimar-

Salio corriendo con la esperanza de alcanzar al desconocido antes de que llegara a la casa, pero no fue así, el extraño entro antes que él y los llantos se cortaron en seco, Crimar entro unos segundos después con al arma levantada y puedo ver mejor al extraño, se le fue un peso de encima, el extraño era una extraña y acunaba al bebe entre sus brazos por lo que había dejado de llorar, sobre saltada miro a Crimar y rogó

- No nos hagas daño, no tenemos mucho de valor, llevate lo que quieras pero no le hagas nada a mi niñita

Crimar bajo el arma.

- Tranquila, no voy a haceros nada, vine aquí por el llanto, pensaba que le pasaría algo y …

- Suele ser muy tranquila – dijo la madre – salí en busca de algo para alimentar el fuego y de repente la oí llorar y te vi aquí y estaba aterrorizada ¿de verdad no vas a hacernos nada?

- Tranquila, estoy de viaje, solo de paso, ahora que veo que estáis bien me iré de aquí

- ¿Quieres cogerla?

La pregunta sonó rara y posiblemente en otro tiempo Crimar se habría abstenido de coger a un bebe, tal vez fuera por que se sentía seguro o por que hacia tanto tiempo que no veía a un ser humano que guardo su arma y se dispuso a coger a la niña.

La madre la puso en sus brazos.

- K.N.L. es extraño Crimar, solo detecto dos formas de vida orgánica.

Lo demás fue muy rápido, cuando Crimar destapo la carita del bebe puedo comprobar como una de sus cuencas estaba vacía, la mitad de la cara chamuscada y la piel del bebe, no era piel, era plástico, tenia entre sus manos un muñeco, levantó la vista hacia la chica que lo estaba apuntando con un arma directamente a la cabeza, el disparo resonó por toda la ciudad

- Sacad a este de aquí, ya no nos sirve – dijo alguien.


sábado, 12 de marzo de 2016

Capítulo 7 - Jack


Gerión, ese era el nombre que figuraba en la plaquita identificativa que llevaba el celador del octavo piso del hospital en el que se encontraba Jack. Gerión se movía entre pacientes con una agilidad digna de una serpiente, lo cual combinaba a la perfección con su aspecto larguirucho y escuálido, aunque muy velludo. No intimaba demasiado con nadie, ni con sus compañeros, ni con los pacientes del hospital, simplemente cumplía su trabajo sin quejarse, aburrido pero eficaz. Dejó a Jack en su habitación, Evelyn y Julie lo estaban esperando allí.

Jack se incorporó y abrazó a su esposa, el brazo izquierdo de Jack fue a posarse sobre el cuello de Evelyn con la suavidad de una mosca, pero produciendo el mismo efecto que el aguijonazo de una avispa. Un escalofrío recorrió toda su espalda, lo que la hizo estremecerse.

- Perdóname -dijo rápidamente- no me acostumbro aun al metal.

Jack miró su brazo plateado, aún no estaba familiarizado con la prótesis y a que esta estuviera tan fría como un lago helado. Lo único que le importaba era que respondía bien y que a Julie no le daba miedo, al revés, ahora consideraba a su padre una especie de superhéroe, medio humano, medio robot.

Hacía como un mes desde el accidente en el edificio y casi la mitad de todo ese tiempo Jack la había estado pasando dormido. Las chicas estuvieron las primeras noches con él, cuando Jack estaba más tiempo en el reino de Morfeo que con los ojos abiertos y por fin cuando su condición se estabilizó, Jack las obligaba a ir a casa, al menos durante la semana.

Jack se sentó en la cama

- Estoy un poco cansado de tener que depender de ese celador para ir a cualquier lado.

- Son las normas del hospital, ya lo sabes cariño.

- Está oscureciendo, ¿has pedido un taxi?

- Si, no debería tardar

- ¿Estás apurando? Kozlov debe de estar a punto de llegar.

Casi no terminó la frase cuando la puerta se abrió y la calva de Kozlov cruzó el umbral. Sus compañeros solían pasarse por el hospital y hacían las noches más llevaderas a Jack, así Evelyn podía irse tranquila a casa sabiendo que su marido no se quedaba solo. Julie se despidió de su padre y ambas se marcharon. Kozlov se acomodo en la butaca al lado de la cama.

- ¿Como va la estación? Me aburro tanto aquí, necesito volver a ponerme el traje ¿hablaste con la central? ¿habrá algún problema por lo de mi brazo?

- Tranquilízate chico – dijo Kozlov mientras buscaba algo en su chaqueta – ya está más que hablado y lo sabes, no serías el primer bombero que trabaja sin algún miembro. En cuanto el hospital te dé el alta y consideren que estás completamente adaptado a ese brazo, tu traje y tu hacha te estarán esperando en tu taquilla, pero dime, ¿como va la rehabilitación? ¿ya te la has meneado con ese brazo?

A Jack se le escapó un risa

- Como para masturbarme estoy ahora. El médico que me lleva esta sorprendido, ya sabes, mucha jerga médica de por medio pero dice que me adapto rápido, que no hay rechazo y que el brazo me obedece bien. A veces se me escapa algo que no agarro lo suficientemente fuerte pero es por que aun no le tengo controlada la fuerza, esta cosa es mucho más potente que mi brazo original y bueno, ya sabes, me da miedo hacerle daño a Evelyn o a la niña sin querer, aunque me cansa tanta medicación para el brazo.

Dijo mientras señalaba un bote en la mesita, Kozlov acerco su mirada a la etiqueta

- Ta … Tacro … ¿Tacrolimus? ¿Y que coño es eso?

- El fármaco que me dan para que mi cuerpo no rechace el brazo, ya sabes, como si fuera un trasplante cualquiera.

- ¿Y no te vale con esto? – dijo mientras sacaba una pequeña petaca de su abrigo.

- ¿A cuánto asciende ya la porra?

- Sobre unos 1.000 y algo.

- Pues va a seguir subiendo, si no lo habéis conseguido antes, ahora menos con la medicación. Oye y en la estación ¿algo serio últimamente?

- Ojala, parece que toda la mierda del mundo está esperando a que te recuperes. Desde tu accidente, el aviso más peligroso fue bajar un gato de un árbol, sí, como en las putas películas. Yo quería serrar el puto árbol y los chicos no me dejaron, ¿te lo puedes creer? ¡Pero si soy el jefe!

- Oye Koz, ¿y James? ¿le has dado vacaciones? Es el único que no se ha pasado por aquí a verme.

- ¿Cómo? ¿No te lo ha dicho nadie? James no volvió al trabajo el día después del accidente, le hemos llamado, hemos ido a su casa, pero nada. Además estaba solo en la ciudad, su familia ni siquiera vive en este país y no sabemos cómo contactarlos.

Un hormigueo que comenzaba en el pie de Jack se fue extendiendo por cada átomo que formaba su cuerpo, convirtiéndose en una sensación de pesadez sobre sus hombros como si alguien lo agarrara por ellos y lo mantuviera pegado a la camilla donde se encontraba. Kozlov le daba un trago profundo a la petaca.

- Koz, yo …, he soñado muchas cosas desde que estoy aquí, si tu supieras, pero hay algo que me ronda la cabeza, algo que no me quito de la mente y que estaba seguro que había sido un sueño. Fue la noche del accidente o poco después, soñé con un tipo, un tipo del que apenas puedo recordar su cara. Había alguien más y estaba estaba enfadado, mucho, conmigo y con James, por haber rescatado a aquel tío colgado dentro del edificio en llamas – Los ojos de Kozlov se centraba en Jack como si buscaran convertirlo en su único punto de enfoque – el tipo decía que no sabía qué hacer conmigo, pero que con James había sido fácil ¿qué quiso decir con que había sido fácil? ¿y si no lo soñé? ¿y si alguien estuvo aquí esa noche? – Jack se levantó de golpe y exclamó – ¡Me habló de Evelyn y Julie, las nombró, Kozlov!

Pero tan rápido como se había levantado se vio a si mismo cayendo al suelo. Una serie de estruendos repentinos hicieron que el hospital empezara a temblar, las ventanas explotaron y se podía oír a gente gritando, como un castillo de naipes ante un soplo fuerte de aire, el hospital estaba viniéndose abajo.

La noche en que Jack perdió todo, llovía como si no hubiera un mañana y casi era cierto. El taxi que llevaba a las chicas, paró justo delante de la casa. Julie terminaba los deberes mientras su madre preparaba la cena en la cocina. El sonido de la campanilla de la puerta puso el toque musical al ritmo que marcaba Evelyn mientras troceaba unas zanahorias. No era demasiado tarde para una visita, pero tampoco la hora más indicada. Evelyn se encaminó hacia la puerta mientras se secaba las manos, miró a Julie que estaba ensimismada mientras terminaba unas sumas. Evelyn agarró el pomo de la puerta y como si su estómago fuera una bolsa de basura, este se lleno de porquería. Algo le hormigueaba desde dentro pero ya estaba abriendo la puerta. Delante de ella un hombre sujetaba un paraguas para proteger a otro que se ajustaba unos guantes de cuero blancos.


- Hola Evelyn – dijo el tipo de los guantes de cuero blancos – no podía esperar un segundo más para conocerte.

Jack tosía. Tosía tan fuerte que parecía que sus pulmones se iban a escapar a través de su garganta. Casi había alcanzado la salida con Kozlov cuando el edificio se les vino encima dejándolos atrapados. Recluidos en una prisión de hormigón y acero podían oír gritos a su alrededor, pero poco podían hacer. Kozlov estaba inconsciente o muerto, Jack no podía asegurarlo. Golpeaba las paredes improvisadas de su cárcel fruto de la frustración y el nerviosismo que galopaba por sus venas sin resultado. Perdió la noción del tiempo que pasaron allí encerrados, pero cuando oyó gritar a alguien “aquí hay un par” y levantaron una de las piedras que le aprisionaban aún era de noche, y llovía. Llovía como si el mundo se inundara.

Los bomberos que habían acudido al derrumbe no tardaron en reconocer a Jack y a Kozlov, este último aunque malherido, seguía vivo. Los sacaron a ambos y los tendieron en camillas para que fueran atendidos y llevados a otro hospital. Jack apenas podía quedarse quieto en la camilla, el paramédico que lo atendía decidió sedarlo para evitar problemas mayores, pero eso solo fue el ascua que prendió el fuego en Jack. Nada más ver la aguja acercarse a él, casi instintivamente, agarró el brazo del chico y lo golpeó en el estómago cortándole la respiración. Pasó a la cabina de la ambulancia y amenazó al conductor con la misma aguja que segundos antes se dirigía a su cuello, algo estúpido por su parte, pero en ese momento la cordura y la razón no estaban invitadas en su cabeza. Obligó al pobre chico a llevarlo a su casa.

Poco antes de llegar al lugar indicado Jack se quedó helado, podía ver los reflejos de unas luces que él conocía mejor que nadie, las veía casi a diario y nunca significaban nada bueno. Su vecindario estaba manchado de destellos que siempre veía cuando trabajaba, esas luces que siempre acompañaban a algo horrible, por suerte o desgracia sus sospechas se confirmaron cuando más se acercaron a su hogar. Varios coches patrullas plantados delante de su casa, Jack ordenó al chico parar y bajó de la ambulancia aún con el pijama del hospital y cubierto por completo de polvo del derrumbe que empezó a mezclarse con el agua de la lluvia. Corrió hacia su casa, algún policía intentó detenerle, otros sin embargo lo reconocieron de las múltiples ocasiones que habían trabajado con él, en concreto uno de los que estaba más cerca de la puerta

- Será mejor que no entres, Jack, en serio

- Y tú será mejor que te apartes


Casi como poseído y sin pensar, empujó al policía haciéndolo caer contra el suelo de la entrada. Entró corriendo en su casa, sorteando la marea de policías con caras desiertas de emociones debido a la experiencia y a la costumbre de enfrentarse a situaciones así casi a diario. El espectáculo en su casa era infernal, en el salón tumbada sobre el sofá estaba el cadáver de Evelyn, el contraste con la televisión encendida sintonizada en un canal infantil hacía aún más contradictoria la amalgama de emociones que se amontonaban en el interior de Jack a punto de estallar. Julie estaba tumbada en su cama, casi parecería que estaba dormida, si sus sábanas no hubieran estado teñidas de rojo y esa fue la imagen que terminó por desatar a Jack. Como si la locura hubiera dicho, ahora es el momento, simplemente, cualquier uso de razón, cualquier atisbo de serenidad y saber estar, desapareció de su cabeza. Arrebató el arma a uno de los policías que intentaban sacarle de allí y esa noche comprobó que el sabor del cañón de una pistola dentro de la boca no era agradable, por suerte, alquilen lo noqueo y el mundo se fue nublando ante sus ojos poco a poco.

viernes, 19 de febrero de 2016

Capítulo 6 - Grigori

Grigori y sus compañeros seguían a Nataly por el laberinto de pasillos por donde les guiaba. Estaban asombrados, jamás habían visto un submarino por dentro, y mucho menos de ese tipo. Las puertas se iban abriendo automáticamente a su paso cuando un sensor de retina escaneaba los ojos de Nataly.
Tras más de veinte minutos recorriendo las entrañas del submarino, llegaron a una amplia habitación donde tan solo había una gran mesa rodeada de sillas.

-Por favor, siéntense que ahora les traerán algo de comer -dijo Nataly mientras salía de la habitación y cerraba la puerta tras de si.

Los tres compañeros se sentaron y se miraron sorprendidos. Apenas hacia 24 horas estaban encerrados en la plataforma, probablemente sentenciados a muerte y ahora, estaban en un submarino con tecnología desconocida para la mayoría de los mortales.

-Aquí hay gato encerrado -masculló Raf con el ceño fruncido mientras se pasaba la mano por el pelo. Parecía que acababa de salir de un psiquiátrico-. ¿No os parece raro?

-Pues no sé que ves de sospechoso en que venga a recogernos un helicóptero militar sin bandera y, además, nos traigan a un submarino que no debería existir todavía -comento Daniel con sarcasmo.

-Pues fíjate en los detalles...

-Raf -interrumpió Grigori-, te está tomando el pelo. Por supuesto que es raro. Salta a la vista.

De pronto se abrió la puerta y entró un robot con forma humanoide portando entre sus manos una bandeja con tres pastillas de color rojo.

-Hola. Aquí les traigo su comida -dijo con una voz robótica-. Que les aproveche -dejó la bandeja sobre la mesa y salió caminando torpemente.

-¿De verdad a esta mierda le llaman comida? -escupió Grigori-. Me recuerda a las pastillas de proteínas que tomaba con mi primo el bombero tras una larga borrachera... esas por lo menos nos quitaba la resaca.

-Estos militares se comen cualquier porquería -apunto Daniel.

-Joder, si es que además están frías -Raf miraba la pastilla entre curiosidad y asco a la vez.
Un leve pitido interrumpió la conversación, agudo, intermitente: "beep, beep, beep".
De pronto apareció una imagen holográfica frente a ellos, muy realista, parecía estar ahí mismo. Vestía con una bata blanca como un científico, su rostro parecía abatido, ojeroso, con una barba de varios días, con los ojos enrojecidos y hundidos. No tenía buen aspecto.

-Soy James, el científico que estaba al mando en la plataforma petrolífera donde trabajabais -hizo una breve pausa, tragó saliva y continuó-. Me temo que os debo una explicación: como bien sabréis, hacía mucho tiempo que ya no había petróleo para extraer. En realidad, estábamos en ese lugar del océano porque justo debajo de la plataforma, hay unas bacterias que podrían haber salvado a la humanidad...

-¿Salvar a la humanidad? -inquirió Grigori con el ceño fruncido.

-¿Cuanto tiempo lleváis incomunicados?

-Bastantes meses -apuntó Grigori-. Antes de que nos abandonaseis en la plataforma ya empezaron a fallar las telecomunicaciones.

-Pues -James carraspeó, cerró los ojos y negó con la cabeza, intentando retrasar lo inevitable. Tras un minuto en silencio, suspiró y continuó-. Supongo que ya sabréis que se ha estado intentando extraer energía del sol... pues bien, se ha desestabilizado y se está apagando. Es el fin de la humanidad. En cuestión de días, meses, o años, vamos a extinguirnos por completo…

Grigori entró en cólera y saltó hacia delante para golpear al científico.
De pronto, James, en un acto de reflejo tan instintivo como absurdo, se encogió sobre si mismo, haciéndose un ovillo para recibir el golpe que nunca llegó. Grigori traspasó la imagen holográfica cayendo de bruces contra en suelo, resollando, gruñendo como una fiera enjaulada.
-Perdonadnos –James parecía abatido. El sentimiento de culpa llevaba demasiado tiempo arraigado en su cerebro-. Nosotros no sabíamos que iba a pasar esto –los ojos se le humedecieron y comenzó a sollozar tímidamente. 
Grigori se incorporó inmediatamente y gritó:
-¡Maldita sea! ¿Y nos habéis dejado ahí encerrados tanto tiempo sabiendo que el fin está cerca? –se echó las manos a la cabeza y continuó con un hilo de voz-. Mi mujer e hija están ahí fuera…
-Creo que puedo ayudarte a encontrarlas –apuntó James.
-¿Cómo?
-Imagino que en estos momentos poco importan los secretos militares… y menos ahora que el mundo está en un caos absoluto –James suspiró-. Todas las personas de la tierra tienen insertado bajo la piel un microchip identificativo con un micro gps que nos indica en que lugar se encuentran en todo momento.
Los tres compañeros se miraron sin saber que decir. Corrían muchos rumores sobre ello, pero todo el mundo creía que era una conspiración absurda más. A veces, la realidad supera a la ficción.
-¿Pues a qué cojones estás esperando? –inquirió Grigori impacientemente. 
-Ahora mismo aviso a Nataly y os dirá donde se encuentran vuestros seres queridos. Me temo que tengo que dejaros. Tendréis siempre a vuestra disposición a Nataly… Quizá podamos salvaros, a vosotros y a vuestras familias –la imagen parpadeó un segundo y desapareció. 
Los tres compañeros se quedaron en silencio, meditabundos, asimilando la noticia que acababan de recibir y mirándose el cuerpo con curiosidad, buscando en vano donde podrían tener el microchip.
Grigori rompió el silencio:

-¿Qué tenéis pensado hacer?

-Yo voy contigo. No tengo familia.

-¿Y tú, Daniel?

-También voy. Tengo familia pero como si no la tuviera.

Ya llevaban mucho tiempo juntos. En las adversidades, es donde se suelen forjar los vínculos más puros, todo se magnifica.

Unos golpes en la puerta interrumpieron su conversación. Nataly entró y les dijo que la siguieran.
Llegaron a una pequeña habitación donde había un mesa pegada a la pared y una silla. Nataly se sentó, un sensor de retina que había en la pared escaneó su ojo derecho. Sobre la mesa se proyectó un teclado y una imagen holográfica en la que tuvo que poner una contraseña.

-Por favor, Grigori, dígame como se llama su mujer para localizarla.

-Dasha Stepanov Kuzmin.
Nataly tecleó el nombre y tras unos segundos de búsqueda, el ordenador le mostró su ubicación.

-Grigori, su mujer está en la ciudad donde vivíais, pero me temo que no está en la zona segura. Según su microchip, está en los túneles del metro.

-¿Zona segura?

Los tres compañeros miraron a Nataly extrañados. No entendían nada.

-Hay una zona de la ciudad fuertemente vigilada por la policía y el ejército para evitar disturbios, robos, asesinatos... El resto, está sumida en el caos absoluto: la población ha entrado en pánico y saquean tiendas, se matan entre ellos... Me temo que el mundo ha cambiado desde que están ustedes en la plataforma.

-¿Y a qué esperas para llevarnos? -escupió Grigori.

-Ahora mismo ponemos rumbo hacia la ciudad. Os acompañaré a una habitación para que descanséis. Hasta mañana no llegaremos.

Nada más despuntar el sol por el horizonte, ya estaban todos preparados para marchar. El helicóptero ascendió lentamente y se alejó del submarino mientras se sumergía bajo las agitadas aguas.

Tras volar durante media hora, vieron a lo lejos la dantesca imagen de la ciudad. Los compañeros quedaron horrorizados al ver como ascendían varias columnas de humo negro en varios puntos distintos.

-Siento lo que van a ver a continuación –dijo Nataly mientras maniobraba hacia la única zona segura de la ciudad.



domingo, 7 de febrero de 2016

Capitulo 5

El impacto fue tan ensordecedor que le temblaron los oídos. De nuevo se sumió en esa extraña sensación de estar cayendo en un pozo sin fondo girando sobre todas sus extremidades y el cerebro dando vueltas dentro de su cabeza como intentando escapar por cualquier resquicio. Su desasosiego era tan grande que calculó que le quedaban unos pocos segundos para comenzar a vomitar…hasta que abrió los ojos.

-Otro mal sueño – susurró para sí mismo Decio todavía con el malestar que le recorría el cuerpo cada vez que dormía tan intranquilo.

Tuvo que toser varias veces para quitarse la arena que se le había metido en la boca, pues había vuelto a caerse de la cama mientras dormía hasta dar con el suelo de bruces. Una vez que se incorporó sobre sí mismo, le vinieron a la cabeza todos esos recuerdos que le azotaban la mente desde que decidió emprender su nueva vida en las montañas…las luces de la ciudad volviéndose día tras días más tenues, la gente suplicando que les dejaran entrar a sus casas, el miedo que le recorría las entrañas cada vez que la ventisca se cernía sobre el pueblo, la absoluta oscuridad que súbitamente les sumergió en un continuo invierno…y su mujer…su mujer palideciendo minuto a minuto, agonizando en sus brazos…no podía olvidar aquellas palabras amartillándole la mente:

-Márchate…ya no queda vida para mí en este lugar, vas a tener que aprender a salvarte tú solo – su voz ya era apenas audible y se entremezclaba con el aullido del viento y los desesperados gritos de quienes estaban ahí afuera, empujados hacia el exterior por la desesperación de conseguir alimentos y de encontrar una casa donde todavía hubiera madera para calentarse mientras se trazaba un plan de huida.

Sí, huida. Por alguna extraña razón, las habladurías sobre un enfriamiento nunca antes visto, poco menos que el apocalipsis, habían terminado resultando ciertas. Por alguna extraña razón, ese pueblo había sido el primero en ser afectado y de una forma tan inesperada y cruel, que cualquier plan de evacuación habría sido inútil, no habría dado tiempo a prepararlo, sin duda el plan era huir lo más rápido y lejos posible.

-No puedo…no puedo dejarte aquí… - las lágrimas inundaron los ojos de Decio.

Desde que llegó la oscuridad, no había dejado de llorar. Ver a su mujer enfermar le había dejado más helado que cualquier minuto que pasara en el exterior de su casa. Cada día la veía desmejorar más y más, y no podía reprimir el llanto, así de unidos estaban. Sin embargo, de alguna manera, supo que esa iba a ser la última vez.

-Mi vida, no llores más…me rompes el corazón. – también ella comenzó a llorar, el final se acercaba.
-Cariño, no puedo seguir sin ti, te seguiré adonde haga falta. – sin duda Decio estaba dispuesto a morir junto a su mujer
-Decio, sin ti mi vida no habría tenido sentido…lo mejor que he conocido has sido tú, y me has hecho ser mejor persona…

Cada palabra que llegaba a los oídos de Decio era como una losa. Pareció que el silencio se adueñó de la situación, ya no había más ruido exterior ni nadie más en el mundo que su mujer y él, nada más importaba.

-Amor mío…la luz de mi vida…recuerda las montañas…las montañas, aún puedes salvarte – susurró ella. La vida se le estaba escapando.
-Las montañas, ojalá pudiéramos ir los dos – Decio recordó los hermosos días que habían pasado el último año en las montañas, donde se sentían mucho más tranquilos, y la vida fluía como los ríos que allí habían visto nacer. Una ligera sonrisa hizo que su cara irradiara la felicidad que alguien o algo les había arrebatado repentinamente con la llegada del estupor invernal.
-Tienes que dejarme ir… - la sonrisa de Decio pareció reflejarse en ella, y sintió como las comisuras de sus labios dibujaban también una sonrisa, como extrañadas de hacer ese movimiento que hacía tanto tiempo que no realizaban - …mi marido…mi amor…mi vida – todo se apagó para ella, dejando esa hermosa sonrisa como legado de una vida plena y feliz junto a Decio.


Le habían parecido horas, pero en realidad el retomar esos recuerdos le había llevado sólo unos segundos, el tiempo que le costó darse cuenta del revuelo que se estaba formando fuera de su cabaña. Se acercó a la silla de madera que con tanto mimo había estado tallando durante el último mes, y sobre la cual había apoyado el abrigo de pieles que le habían dado al poco tiempo de llegar a la montaña. Sin duda, el viaje que había emprendido no había sido una excursión de fin de semana de las que acostumbraba a hacer con su mujer. Esta vez había decidido partir mucho más allá, mucho más profundo en las montañas, donde la naturaleza es mucho más virgen y donde pensó que quizá podría encontrar la paz que le habían arrebatado y renacer para crear de cero su nueva vida, adaptándose al cambio que parecía estar cerniéndose sobre la Tierra.

Lo que se encontró en las montañas fue totalmente inesperado. Después de su huida hacia la nada, hacia lo más absoluto desconocido, después de huir de la civilización hacia lo profundo de la madre naturaleza, la misma madre naturaleza que había golpeado su pueblo y devastado su corazón, lo último que habría esperado encontrar era alguna persona en su misma situación. Sin embargo estaba equivocado, el pasar semanas deambulando sólo por las montañas, alimentándose de hierba y bayas y haber tenido que aprender a ser sigiloso y adquirir destrezas para pescar y cazar, le había hecho pensar que todo lo que él había podido llegar a conocer ya no existía: ciudades, pueblos, su gente…

Al principio, la persona que encontró agazapada entre los matorrales estuvo a punto de abrirle en canal como si fuera el conejo que se le acababa de escapar. Decio no sabía hasta qué punto podía llegar la desconfianza entre seres humanos incluso cuando la situación era la de encontrarse sólo ante el mundo. Desde luego no facilitaba la situación el hecho de que hablaran idiomas diferentes, y menos todavía cuando ambos sólo chapurreaban algunas palabras en el idioma común que ambos conocían.

El desconocido, aunque todavía indeciso y desconfiado incluso cuando Decio no había mostrado ningún signo de violencia, sino todo lo contrario, se había mantenido tranquilo, dócil y colaborador, le indicó que le siguiera. Decio imaginó que le llevaría hacia alguna especie de refugio que podría tener en las montañas, y, efectivamente, no se equivocaba. A él le pareció fantástico, pues desde la altura a la que se encontraban divisó al fondo del valle por lo menos una docena de cabañas, lo cual debía significar que había más gente viviendo entre ellos.
            
Tras media hora andando que le pareció una eternidad, debido a la excitación que tenía por saber que había más gente que había logrado sobrevivir a la hecatombe que llegaba y que, todavía no lo sabía, estaba por llegar, llegaron al valle. Efectivamente, había alrededor de una docena de cabañas, aunque Decio estaba tan emocionado que no se paró ni siquiera a contarlas para saber exactamente cuántas eran. Una vez allí, el desconocido que le había guiado hasta el improvisado campamento, fue a hablar con el resto de habitantes del milagroso refugio. Pudo contar en total siete, que incluyéndole a él serían un total de ocho personas. Ni siquiera le desanimó el hecho de que la mayoría de ellos hablaran lenguas que él por el momento no era capaz de reconocer. Sin embargo, uno de ellos sí que hablaba su idioma, y fue él mismo quien le explicó como habían llegado todas las personas que veía y las diferentes y rocambolescas historias que les habían llevado a ese lugar.
             
Tras varias semanas conviviendo se había generado una gran confianza entre ellos ocho y habían aprendido a ayudarse y colaborar para, por lo menos, sobrevivir. Decio no se había parado ni siquiera a pensar en nada más que en no morir, ya sería más adelante cuando tuviera tiempo para idear un plan para escapar de las montañas y emprender una nueva vida. Pero eran tantas las incógnitas que tenían: lo primero de todo era que no sabían qué ocurría, no sabían hasta donde había llegado el frío glaciar que les había sacudido en los respectivos lugares donde hasta hace no mucho todos tenían vidas con algo interesante que contar…


Decio sacudió su abrigo y se lo puso por encima de los hombros para salir rápidamente al exterior de su cabaña y ver qué ocurría. Antes de que pudiera dar un paso uno de los que consideraba ya sus amigos irrumpió en la cabaña:
            
-¡Fuego¡!Avión¡ - el nerviosismo en sus palabras era evidente.
             
Decio reaccionó en milésimas de segundo, pues intuía lo que podía pasar. Salió de la cabaña junto a su amigo como una exhalación y vio el humo detrás de la colina, no era la primera vez que ocurría lo que estaba viendo. Sus seis restantes acompañantes ya estaban recogiendo las armas que habían ido fabricando últimamente pero también las armas de fuego que habían ido rescatando en las pocas pero arriesgadas expediciones que habían hecho en busca de civilización lejos del refugio.

Las tres veces que Decio había oído las palabras “fuego” y “avión” habían sido sinónimo de peligro. La primera vez divisaron un avión que se estrelló contra las montañas y a las horas apareció un grupo de gente que se hacían pasar por exploradores, pero que finalmente resultaron ser parte de los acompañantes del avión siniestrado: un grupo iba en avión a explorar la zona en busca de recursos y otro iba por tierra. Los siete habitantes de las cabañas habían aprendido en sus hogares originarios que había que desconfiar de la gente en situaciones como la actual, el hambre te hace cometer locuras y esta era una de ellas. El grupo de exploradores había intentado matar a los miembros de la compañía pero estos habían dado la vuelta a la tortilla, se habían vuelto muy hábiles en el manejo de armas desde que las tormentas asolaron las ciudades, y parece que el lema que habían tomado era “mata o muere”.

Decio había aprendido que, aunque no le pareciera bien, para sobrevivir tendría que grabarse ese lema a fuego. Las dos ocasiones siguientes que apareció un avión y posteriormente un grupo de gente había sido exactamente igual, pero esas veces Decio también había colaborado en la masacre, se estaba volviendo despiadado con los desconocidos aunque por el momento no le llegaba a preocupar.

En ese momento, Decio se preparó junto a sus compañeros para una nueva batalla. Sin embargo, nunca se había parado a pensar por qué cada vez que aparecía un avión, este se había estrellado, y tampoco por qué la gente que acudía hasta esas cabañas parece que lo hacían deliberadamente, como con un objetivo. Justo al contrario que él, él había llegado casualmente y se había encontrado con desconfianza. Desconfianza que compartía después de haber vivido lo que de nuevo estaba a punto de ocurrir.

Le vino a la mente algo que le había dicho su mujer momentos antes de expirar su último aliento: “vas a tener que aprender a salvarte tú solo”.